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Mostrando entradas de noviembre, 2012

No callan

No callan ¡Oh, pena, no poder escribir después de muerto, cantar del otro lado del río, llevando, con la voz, la contraria a las golondrinas profetisas. En el hombre, en la niña, en los dioses prehistóricos, y los vulnerables héroes, viajan la eternidad y la muerte atadas las manos con un hilo rojo, y amordazadas por cruces y leyes. Es una grandísima pena no escuchar los cantos de quienes hendieron antes estas callejuelas deshojadas, ¿qué nos susurrarían?, ¿aplaudirían corduras?, ¿se burlarían de las torpezas? Y si tal vez… ¿Si fuera posible, ya nos cantaran desde los siglos? Si nos enviaran mapas embotellados nimbomórficos, faunomórficos, pluviomórficos en octubre, abejomórficos de mayo, si metieran en nuestras voces sus salmos ventrilocuaces. Si interpretasen sinfonías en amores ancianos, entre los dedos del pie que amasan cielos y tierras, en las costuras de los telones, incluso en las escaleras al Cielo. Presta atención, poeta, que nu

Eres un espejo

Eres un espejo . Eres un espejo, toda tú, tus ansias de estar viva, el olor de tus palabras. Rodeas mi espacio, y lo doblas cada vez más y más pequeñito, y lo pones en tu mano. Yo contemplo fascinado, mis risas estallan, rompen en los iridiscentes océanos de tus ojos, que gotean por tus mejillas hasta tus labios: tú sonríes de vuelta. Tomas con ambas manos los sonidos de mis pasos descuidados, escribes una melodía para caminarla conmigo mientras tomas mi mano, mostrándome mundos más grandiosos. Juntas en un caballete mis sueños, los mezclas, los aclaras, los envaneces de ternura, y pintas en el suelo una danza callejera, un baile secreto y furtivo, un jugueteo en puntillas con un beso prendido en la solapa. Bailamos bajo la luz de la nada, en la oscuridad que resbala de las estrellas curiosas, a través del sauce que nos oculta. Eres un espejo, y mis ojos reciben unos que me miran inquietos, me interrogan como niños con las manitas abiertas, pero no

Resoluciones

Resoluciones Sentado en un pasto viejo ante tres tumbas, reflexiono y decido. La primera, elegante, adecuadamente ataviada: “Aquí, los restos de un escritor, el mejor de todos. En vida, el menos célebre. Le rinde culto el mundo entero”. Una segunda, menos inmortal, sólo un ramo de flores la escolta: “Yace aquí un apasionado lector, entendido en todas las letras. Ofrecen honor su esposa e hijos”. La tercera tumba, solitaria, tiene mi nombre                               y me espera.

Tango del toro

Tango del toro A espaldas del sol, un ocaso de palabras matizado con acordes menores, rodeado por lágrimas de los nimbos. Entre las manos un capo te y en el beso, de igual color  una rosa. El matador enciende un cirio a un tango con cola de deseo, en la obertura del incendio final de todas las vidas pasadas en los ojos del toro retador. Escaleno se hace el tiempo, que no la luz, y el eterno momento de la lucha comienza a danzar entre los aires en flor. Un bandoneón tiñe de negro el aire y el violín rasga las partituras. Por el ojo de una cerradura espía en puntas el universo o Dios. El torero hace tres movimientos recogiendo un lamento del animal y sembrándolo en la arena como testigo. Los colores giran alrededor como un carrusel nauseabundo, y las entrañas de la Hermana Tierra supuran indecibles perfumes, cocteles de pasión , vainillas y caracol. Presto a acabar, el matador toma la rosa que luce hermosa a la luz de la luna y del trino vacilante del piano,

Convergencia

Abraza los cardinales, los  señala  desapercibida mientras avanza oblicua al suelo que le hiere sur. Se mueve húmeda de sangre, empapada de gritos y todas las culpas, como un enorme escorpión disecado bajo el sol astillante, roedor; se acerca a su destino vertical.                      Le inyectan diestra y siniestra, y en el norte la verdad sarcástica que sonríe con piedad a la mano que escribe; el sur se entierra y el polvo se hace mezcla:                                                     oro, incienso y mirra. Convergen en su centro todas las palabras, vorágine de eras y espacios, oye gritos de futuro y pasado, destino vertical, aduana y frontera del horizonte supremo, más gritos y miradas, su piel áspera cuelga de los cuellos y se sube a los techos, blanquísima. De pronto realiza el peso de su epidermia, también ella se inclina suavemente ante la corona de espinas.